lunes, 28 de junio de 2010

Viviendo la muerte






Mi cansancio agotó cada oportunidad de cumplir mis funciones como Primera Dama. Me encontraba débil, desprotegida y un poco pensativa, traté de hallar una cura a mi ansiedad, sin embargo, mi gran enfermedad era la tristeza. Había hecho mil intentos por sanar el dolor de cada entraña de mi cuerpo, pero era en vano, todo era inútil mientras él viviese agotando cada latido de mi corazón con sus humillaciones.

Hace ya ocho meses que Lucía vivía acosándome con anónimos, haciendo incesantes llamadas telefónicas, reía al recordarme que Alessandro me era infiel. No sé en qué momento dejé de importarle. Él cavó un sepulcro en lo más íntimo de mi ser que con cada desprecio se hizo más profundo. Le perdí en absoluto el rastro al caballero que he amado desde hace diecisiete años, del que me enamoré y cuyo producto de ese amor afloró  Giovanno.

Apenas unos días después de cumplir dieciséis años, mi noble hijo se dirigió a mi habitación. Entró y se hincó llorando. En su mano izquierda llevaba un papel, le miré y sin necesidad de leerlo, supe lo que decía. Yo sabía que debía hacer algo para acabar el sufrimiento, pero fruncí el ceño, apreté mis labios y con la cara más blanca que las paredes de la habitación. Decidí levantarme de la cama, tapé mi cara con las manos y no dudé en consolar la incansable pena de mi querido Giovanno. Mis lágrimas fueron casi instantáneas; la lluvia parecía caer lenta en comparación de la velocidad de mi llanto.

—No desesperes hijo, confío en que la justicia divina existe.
            —Pero usted no puede dejar que ella continúe acosándole.
—Cállate, que aquí hasta las paredes oyen. Quité las manos de mi rostro y me eché a andar al baño.
—Pero… ¿Por qué?
— ¡Cállate y guarda ese papel donde nadie pueda verlo!

En ese instante se oyeron tres golpes en la puerta. Rápido le pedí a Giovanno que se pusiera en pie, pero él no dejaba de llorar; limpié sus lágrimas con el camisón que yo llevaba puesto y le puse en pié de un jalón de brazos.

— ¡No sigas llorando, por favor! — Insistí en voz baja y viéndole a los ojos.
¡El señor presidente ha llegado!  Se oyó al otro lado de  puerta. ¿Desea la primera dama que le ayude a vestirse para la cena?
Abrí la puerta y mi hijo se fue con la cabeza agachada, dejando un silencioso rastro de amargura. Julieta de inmediato le contaría a mi esposo y seguramente él pediría una explicación lógica ante lo ocurrido. — Pensé—. Cerré la puerta silenciosamente. Para qué cenar, si lo que quería era morirme de algún modo. Para mí no tenía sentido seguir esa farsa del matrimonio perfecto. Intenté suicidarme en innumerables ocasiones, pero siempre los médicos lograban hacer algo al respecto. Debilucha, con la cara pálida y los pómulos remarcados me desperté  y en la madrugada sentí la necesidad de beber un vaso con agua a plenas 3:37am,  mi sorpresa fue oír que desde lejos en el despacho de mi marido se alcanzaban a distinguir los gemidos lujuriosos de Lucía. Bajé uno por uno los escalones principales. Cada vez se oían más cerca y por la hendidura de la puerta vi cómo se devoraban el uno al otro. Subí corriendo  las escaleras y de la nada se desató una pestilencia insoportable, era mi espíritu pereciendo gradualmente. Me estaba desmoronando poco a poco, a cada paso que daba la vida se desmoronaba frente a mis ojos. En el piso yacían pocas las gotas de dignidad que me quedaban y el autoestima que hace meses se me escapó. Lentamente avancé hacía la habitación de Alessandro, en fondo del largo pasillo de la segunda planta. En realidad nunca dejé de amarlo, por lo tanto, me sentía en la necesidad de lograr méritos para que él volviese a mí,  pero el amor ya se iba transformando en un monstruo que no podía controlar. No era dueña de mis actos, tanto que ya no me sentía yo misma y me convertí en un fantasma lleno de odio y que en ocasiones era sínicamente allanado por la altanería. Me conducía a cometer actos sin conciencia ni lógica.

Esperé por horas sentada en la cama, estaba justo frente a la cabecera. Todo estaba oscuro y solitario. En cuanto él llegó, me le acerqué y sin cruzar palabra lo desvestí, sentía cómo su boca iba rozando poro a poro con pasión. El tabaco me huele bien solamente si viniese de su piel impregnada. Me hizo el amor toda la noche, hasta que sentí cómo el alma me volvía al cuerpo.

Mejoré increíblemente mi salud, Alessandro estaba más cerca de mí y por las noches cuando teníamos intimidad podía disfrutar plenamente cada clímax como un soplo hacia la libertad y me sentía fuerte, a veces en la cima del cielo y de ahí nadie me podía bajar, porque al parecer Lucía y mi marido no se veían desde hace un tiempo, creí que ella por fin había dejado en paz a mi marido e íbamos a dejar atrás ese percance. Aunque un par de meses después me enteré por una llamada de ella en la que gozaba plenamente al decir que buscó a Alessandro mientras él visitaba a un Senador en las afueras de Italia y habían vuelto tras un año y medio de haberse separado. Mi maldición volvió junto con ella hace un mes. Los episodios depresivos aumentaron y las dosis también, pero una extraña sensación fue la que me llevó a la preocupación. Una liviana presión se anidaba en mi vientre y la cabeza me giraba hasta causarme más vómitos de los que estaba acostumbrada. Realmente imaginé que esta vez si me moriría. Giovanno llamó inmediatamente al doctor Lorenzetti, que llegó casi de inmediato a revisarme, pero esta vez no me recetó los antidepresivos como de costumbre.

— ¡Felicidades, usted está en cinta mi Primera Dama! —Replicó en un tono de voz grave y a la vez rebalsaba de alegría.
—Pero, ¿cuánto tengo de embarazo, que no me he dado cuenta?
—Tiene alrededor de ocho semanas, probablemente no se dio cuenta por el efecto secundarios causados por la ingestión de antidepresivos, cosa que debo prohibirle señora, pues podría afectar la salud de su bambino. Así que solamente le recomiendo que consuma solamente lo que he dejado prescribo en la receta. Recuerde que no solo está en juego el bambino, también la suya. Por favor sea prudente y cuídese.
            Giovanno estaba junto a mi cama, ninguno de los dos podíamos creer lo que estaba  sucediendo. No sabíamos qué hacer. De seguro él querría posponer su ingreso a la Universidad de Genoa. Aparte que desde que Lucía se reintegró en nuestras vidas mi hijo temía por la vida del bambino que esperaba y también por la mía.
            Las semanas pasaron rápidamente y con ellas iban atadas las ideas de que mi marido cambiaría. Me sumergí paulatinamente en la intensa aberración. Aquella vida me tenía vacía de voluntad propia. Llegó el aniversario de la Toma de Posesión de Alessandro. Él no podía articular palabra por una agitación, que un poco de Amaretto solucionaba el problema, pero también noté que cada vez más decaía por dolor de cabeza permanente y unas náuseas repentinas. Lorenzetti hizo hincapié en que Alessandro dejase de fumar pipa para solucionar los dolores de cabeza y a la vez los mareos, pero mi marido siempre fue muy testarudo y yo supe al instante que no haría nada al respecto. El eco del vómito cayendo dentro del escusado se filtraba en las habitaciones al son del aire por las noches, cuando amanecía aumentaban las molestias. Pasé en vela siete días y junto a ellos un silencio agobiante en mis adentros, y entre dormida y despierta oí gritos. La servidumbre corría de un lado a otro con pisadas remarcadas con el eco del mármol. Salí de inmediato a ver qué sucedía y a piedi nudi caminé hacia lo sfondo del pasillo. Entré a la habitación de mi marido y él yacía muerto de un infarto frente al baño. Empecé a sentir pesado el cuerpo, todo empezó a dar vueltas como en cámara lenta, disminuía el ruido ahí dentro y mi vista se nubló. Lo último que recuerdo haber oído es a alguien pidiendo ayuda. No supe nada más, la escalofriante escena se clavó en mis párpados por siempre. No asistí al funeral, ya que Lorenzetti recomendó a Giovanno que me quedara en reposo y a la vez no sufriera más emociones perturbantes.
            
            Giovanno siempre estuvo conmigo en todo momento, cuidaba mi alimentación e incluso dormía conmigo para cerciorarse de mi estabilidad. Aunque la verdad, después de quedar viuda me sentía muerta en vida. Los latidos de mi corazón se silenciaron por la ausencia de mi gran amor y ya todo había perdido sentido. Para mí ya no existió un mañana ni la oportunidad de cambiar. Un día mi hijo se acercó  al cabezal de la cama y me tomó muy fuerte de la mano.
            
            — ¿Está usted bien mia madre?
            — ¿Para qué preguntas? ¿Acaso no es obvio cómo estoy?
—No quise molestarle Isabella, pero creo que esta residencia no es la propicia para que vivamos los años venideros.
— ¿A qué le temes? 
—Le temo a que usted siga sintiéndose sola e infeliz.
— ¿Infeliz? Desde que recuerdo soy infeliz, no tengo otra visión que no sea la de vivir dependiendo de nada en esta vida, Giovanno.
            
       La depresión cobró cada vez más fuerza en mi perturbado interior, la muerte de mi Alessandro fue la desaparición total de mi atadura a la vida. Tomé ese frasco de Fluoxetina y eché varias en mi boca. Quería pensar que se podía morir rápidamente y abandonar tanto dolor.
             Se vino un absoluto silencio a mi alrededor. Todo parecía estar quieto y relajado, incluso ya no sentí repugnancia de la vida que llevaba. Me encontré apaciguada. Cuando menos lo sentí oía a una persona lamentándose a lo lejos, conocí ligeramente la voz de mi abnegado hijo y que con nudos en la garganta clamaba al cielo por mi despertar. Debía hacerlo, pues él merecía tan siquiera una última caricia de mi parte. Tenía mi voz como cansada, pero aún así, decidí hablarle.
            —Pobre mio figlio… ¿Qué haces llorando?
            —Isabella mia madre, ¿qué se ha creído para irse así, sin despedirse de mí?
—Por eso he decidido despedirme de ti ragazzo mio, dudo que me quede suficiente tiempo para devolverte los años perdidos y que me perdones por todo lo que te he hecho sufrir, pero siempre recuerda que fuiste y serás siempre mi gran orgullo.
Presiento que de ésta no me recupero, ya veo la muerte cerca de mí. Tengo el cuerpo cansado y el alma vacía. Espero que comprendas que todo cuanto hice fue por verdadero amor.
—Precisamente no quiero que se muera sin saber lo que por amor a usted he vengado signora, pero las cosas se salieron de control y hoy la estoy perdiendo, Isabella.
Quise acabar con su angustia, los desvelos y la agobiante tarea que sostenía por recuperar al infiel de mio padre. Así que contacté a un buen amigo mío y desde hace dos meses empecé a envenenar a Alessandro con cianuro. Supe que Lorenzetti le prohibió fumar pipa, pero sin embargo, él siguió fumando y como tal su garganta surgió afectada. Por eso me empredí en la tarea de matarlo silenciosamente. Coloqué una pequeña dosis de cianuro de hidrógeno en el Amaretto, preferí que su muerte fuese lenta y dolorosa, así como usted ha venido sufriendo desde que Alessandro la engañó con Lucía, que no le dio vergüenza ser la amante de su primo hermano. No se preocupe mia madre, que también me he vengado de ella del mismo modo que con mio padre, solo que he alargado su sufrimiento y muy pronto cumpliré mi objetivo.
— ¿Isabella? ¿Me oye? Isabella no me haga esto. No se vaya sin que le diga cuánto ti amo ¡Llamen a un doctor, por favor!
—Ti amo mia madre… Descanse en paz, porque al fin logró su objetivo.